ARBOLEDA DE GAIA EN CANDELARIA 2009 - FOTO REGINA CARNICER


EN TORNO AL FUEGO

(Extracto de un texto de Laura Esquivel)


...Y de pronto me aterroricé de ver que mi hija no me estaba prestando atención. Tenía la mirada fija en las caricaturas. Estaba sustituyendo el poder hipnótico del fuego por el de la televisión, y la memoria de la tribu por la de los comerciales. ¡El espanto me quitó el habla! Y miles de preguntas me quitaron el sueño. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba el error? ¿Qué sociedad habíamos formado?...

Los primeros años de mi vida los pasé junto al fuego de la cocina de mi madre y de mi abuela, viendo como estas sabias mujeres, al entrar en el recinto sagrado de la cocina, se convertían en sacerdotisas, en grandes alquimistas que jugaban con el agua, el aire, el fuego, la tierra, los cuatro elementos que conforman la razón de ser del universo. Lo más sorprendente es que lo hacían de la manera más humilde, como si no estuvieran haciendo nada, como si no estuvieran transformando el mundo a través del poder purificador del fuego, como si no supieran que los alimentos que ellas preparaban permanecían dentro de nuestros cuerpos por muchas horas, alterando químicamente nuestro organismo, nutriéndonos el alma, el espíritu, dándonos identidad, lengua, patria.

Fue ahí, frente al fuego, donde recibí de mi madre las primeras lecciones de lo que era la vida. Fue ahí donde Saturnina, una sirvienta recién llegada del campo, me impidió un día pisar un grano de maíz tirado en el piso porque en él estaba contenido el Dios del Maíz y no se le podía faltar el respeto de esa manera. Fue ahí, en el lugar más común para recibir visitas, donde yo me entere de lo que pasaba en el mundo. Fue ahí donde mi madre sostenía largas pláticas con mi abuela, con mis tías y de vez en cuando con algún pariente ya muerto. Fue ahí, pues, donde atrapada por el poder hipnótico de la llama, escuche todo tipo de historias, pero sobre todo, historias de mujeres.

...

Quiero compartir esto con todas aquellas mujeres que no han olvidado que las piedras hablan, que la tierra es un ser vivo, y que convierten cada acto cotidiano en una ceremonia de unión con el universo durante los doce intensos y masculinos meses solares, durante las trece mágicas y femeninas lunas cada año de sus vidas sin que nadie les haya dado nunca un reconocimiento...

(Extracto de un texto de Laura Esquivel)